Voces Verdes

Proyecto realizado por Alice Deliau

Voces Verdes es un proyecto de reportaje participativo que toma forma a través de un artículo y una exposición fotográfica. Fue realizado entre enero y febrero de 2026, con el apoyo de la Alianza Francesa de Cuenca. La idea inicial era sencilla: ir al encuentro de productoras y productores agroecológicos de las provincias del Azuay y de Cañar, escuchar sus experiencias y darles visibilidad para sensibilizar al público sobre la agricultura actual.

En este contexto, se realizaron una veintena de entrevistas con perfiles diversos: mujeres, hombres, jóvenes, personas mayores, cultivadores de semillas nativas, así como autoridades locales y representantes de asociaciones. Sus relatos van mucho más allá de sus propios campos: hablan de territorio, de identidad, de resistencia y de futuro.

De estas conversaciones nacieron un artículo y una exposición de retratos, que ponen rostro a las voces, las historias y las realidades que cada quien sostiene.
Queremos agradecer a todas las personas que participaron e hicieron posible este proyecto.

Dar hasta donde avance

Sobrevivir y cultivar en los Andes ecuatorianos

En la Sierra sur del Ecuador, agricultoras y agricultores agroecológicos resisten en sus tierras frente a los embates combinados del cambio climático, la industria minera y un éxodo que vacía poco a poco sus comunidades.

Enero de 2026, una fuerte granizada cae sobre las alturas de Nabón, en la cordillera meridional del Ecuador. A la mañana siguiente, Blanca Espanza descubre su huerto devastado. Toda su cosecha de cilantro ha sido destruida en una sola noche. Esta escena se repite, bajo distintas formas, en toda la sierra ecuatoriana.
Las heladas figuran entre las amenazas climáticas más recurrentes del país. Los pequeños agricultores están en primera línea; sin embargo, según la FAO (2019/2022), producen un tercio de los alimentos del mundo, pero reciben apenas el 0,8% de la financiación climática global.

En estas provincias andinas, estas cifras tienen nombres y rostros. Entre enero y febrero de 2026, realicé una veintena de entrevistas con productoras y productores agroecológicos de las provincias del Azuay y de Cañar, en el marco del proyecto Voces Verdes. Este proyecto, desarrollado con el apoyo de la Alianza Francesa de Cuenca, busca valorizar los saberes rurales agroecológicos y dar visibilidad a actores locales que sostienen una agricultura campesina a menudo poco visible.
Porque esta agricultura tiene historia. Desde finales de los años 90, en el impulso del desarrollo sostenible, instituciones públicas, organizaciones como CECCA o Heifer Ecuador, y comunidades campesinas, han construido conjuntamente una agricultura sin insumos químicos, preservando así las semillas tradicionales y conectando directamente a productores y consumidores. Treinta años de trabajo de fondo del que estas voces son fruto.

Las estaciones perdidas — Cuando el clima borra la memoria agrícola

En los valles andinos de las provincias del Azuay y Cañar, el calendario agrícola transmitido de generación en generación tiende a desaparecer. Manuel Narváez, agricultor que cultiva más de 50 variedades de papas nativas en Cañar, da testimonio :

« Prácticamente en el tiempo más antes había solo dos épocas de siembra, noviembre y diciembre, y abril y mayo. Ahora con el cambio climático, se siembra en cualquier época del año, pero con riesgo a perder. »

Lo que describe no es un caso aislado. Según la Fundación EcoCiencia, Ecuador ha perdido alrededor del 48% de su superficie glaciar entre 1985 y 2024. Esta tendencia es confirmada por instituciones nacionales, que estiman que cerca del 50% de la cobertura glaciar ha desaparecido en 50 años (ESPOL). Esto altera directamente los ciclos hidrológicos de los que depende la agricultura andina: menos agua en la estación seca, lluvias impredecibles y multiplicación de eventos extremos. En agosto de 2025, heladas excepcionales destruyeron más del 80% de la producción agrícola en 1.200 hectáreas en Cotopaxi, afectando principalmente al maíz y la papa, pilares de la alimentación andina.
Para los agricultores, esto se traduce en una vulnerabilidad constante y difícil de planificar. Ruth Pugo, de la comunidad de Victoria del Portete, a unos treinta kilómetros al suroeste de Cuenca, lo confirma :

« Antes nuestros mayores sabían en qué fecha iba a llover o a helar. Ahora ya no hay fechas, puede llover hoy y amanecer helando mañana. El calendario agrícola ha cambiado por completo. »

Las pérdidas son concretas y repetidas. Frente a este desregulación, Manuel adapta y multiplica los ciclos de siembra: tres o cuatro al año en lugar de dos. Pero esta adaptación tiene un costo. Cada siembra es ahora una apuesta.

El agua ya está oscura — La amenaza minera sobre las fuentes vitales

A pocos kilómetros de los campos de Manuel y Ruth, otra amenaza se infiltra en los suelos y ríos de los que depende toda la agricultura de la región.
Holger Duchitanga, alcalde de Sígsig, al sureste de Cuenca, advierte :

« Aquí tenemos un problema muy grave con la minería ilegal. El agua baja contaminada y es la que usamos para los cultivos. Esa agua ya viene con arsénico, plomo, cadmio y otros metales pesados, lo que termina afectando nuestra salud y dañando toda la agricultura. »

Esta contaminación no es localizada. Según un análisis satelital publicado en 2023 por Amazon Conservation y la Fundación EcoCiencia, la actividad minera en la Amazonía ecuatoriana creció casi un 300% entre 2015 y 2021. Un estudio académico de 2025 documenta concentraciones de metales pesados en el agua que superan entre diez y veinte veces los límites sanitarios internacionales: estos metales contaminan la cadena alimentaria hasta llegar a los consumidores urbanos.

En Gualaquiza, en la Amazonía ecuatoriana, Serafín Ñamao, Presidente de la Asociación de Productores y Comerciantes Agroecológicos de Gualaquiza (APROCAJ), observa desde hace varios años nuevos daños. Animales silvestres (loros, pavos, aves), desplazados por las operaciones mineras ilegales en Tundayme, las cuales arrasan sus cultivos de maíz y papaya en un radio de treinta kilómetros.

« Últimamente hemos notado la presencia de animales silvestres que fueron desplazados de su hábitat por la minería ilegal en la cuenca del río. La minería ha afectado bastante nuestro manejo de la producción. » El río, añade, « siempre está oscuro » desde que comenzaron las explotaciones.

El caso más documentado de la región es el de Quimsacocha. De este páramo (ecosistema de alta montaña que regula el agua) de 3.217 hectáreas, situado a 3.600 metros de altitud en la provincia del Azuay, nacen los ríos Yanuncay, Tarqui e Irquis, fuentes de agua potable para Cuenca y sus cerca de 600.000 habitantes. Sin embargo, este páramo ha sido codiciado desde hace décadas. El conflicto en torno a Quimsacocha se remonta a principios de la década de 2000, cuando la empresa minera canadiense IAMGold obtuvo las primeras concesiones de explotación en la meseta. Ya en 2006, las comunidades campesinas e indígenas organizaron una primera consulta popular informal en la que más del 90% de los participantes rechazaron el proyecto minero (Wambra, 2019). El proyecto pasó luego por varias manos: IAMGold cedió sus derechos a INV Metals y, posteriormente, a Dundee Precious Metals en 2021. Durante dos décadas, la resistencia local se organizó y se estructuró, pero también se fracturó. Surgieron divisiones dentro de las comunidades, entre quienes veían en la mina una fuente de empleo local y quienes defendían el agua como un bien común irremplazable. Carmen Luisa Pérez, agricultora y defensora de Quimsacocha desde hace treinta años, mide lo que está en juego :

« La minería contamina el agua, el aire, mata las plantas y los animales, y esa contaminación se extiende hasta ochenta kilómetros. Si se pierde todo eso, Cuenca dejaría de ser la Santa Ana de los Cuatro Ríos, porque los ríos morirían. »

En junio de 2025, el gobierno concedió una licencia ambiental a Dundee Precious Metals para extraer 926.000 onzas de oro a través del proyecto Loma Larga. Esto a pesar de un informe de la empresa municipal de agua ETAPA que concluía que la explotación no era viable por ser demasiado contaminante.
Sin embargo, la población ya había dicho no, en dos ocasiones. En 2019, la consulta popular del cantón de Girón rechazó la explotación minera en los páramos por un 86,79%. En 2021, 348.000 habitantes de Cuenca votaron en contra de estas actividades en las zonas de recarga hídrica. La concesión de la licencia desató una reacción inmediata: el 16 de septiembre, más de 100.000 personas, el quinto río de Cuenca, marcharon por las calles de la ciudad bajo el lema « Kimsacocha no se toca ». Lauro Sigcha, presidente de la Federación de Organizaciones Campesinas y Indígenas del Azuay (FAO), resume la paradoja: su organización protege colectivamente 180 hectáreas de bosque nativo para garantizar el agua de sus cultivos, mientras que las empresas transnacionales negocian la extracción de esas mismas fuentes.
Ahí radica precisamente el quid de la cuestión: la contaminación de las aguas andinas no es solo un problema ambiental o agrícola. Es un problema de salud pública que afecta a cada habitante que bebe agua del grifo, a cada familia que compra verduras en el mercado de Cuenca : « Defender Quimsacocha es defender el agua, la vida y la naturaleza », resume Ruth, « Cuando hablamos de agua, hablamos de todo ».

Mientras estas comunidades resisten, sus campos se vacían de otra manera, no solo de su agua, sino también de sus manos.

La mayoría se fue — El éxodo que vacía los campos

En la comunidad de Pamba, al sur de Cuenca, Victoria Cinchi ha visto partir, uno a uno, a los miembros de su organización agrícola. Eran unos cuarenta miembros ; hoy en día, solo quedan once.

« A la mayoría ya no le gusta trabajar la tierra y prefiere irse a la ciudad por un sueldo », dice, « Hace un año tuve que comprar una máquina porque ya no hay gente que quiera trabajar la tierra. Muchos se fueron a Estados Unidos, sobre todo desde la pandemia. ».

Las provincias del Azuay y Cañar se encuentran entre las que registran mayores tasas de emigración del país. El censo nacional de 2022 pone de manifinesto esta dinámica : el 60% de las salidas registradas se produjeron entre 2019 y 2022, siendo Estados Unidos el principal destino. Este flujo, que ya había transformado estas provincias a finales de la década de 1990, ha experimentado una nueva aceleración tras la pandemia, cuyos efectos sobre la agricultura familiar son ahora críticos. Además, este éxodo es mayoritariamente masculino y redistribuye silenciosamente los roles en las comunidades rurales. Nancy Sagubay, agricultora de Nabón, lo expresa claramente :

« En la agricultura somos sobre todo las mujeres. Los hombres migran a Cuenca y trabajan de lunes a sábado, por eso casi no están en casa. Nosotras nos quedamos, trabajamos nuestras tierras y salimos a vender, para tener nuestro propio ingreso y no estar esperando. »

Lo que describe Nancy es también un problema generacional, con el envejecimiento acelerado del sector agrícola. La edad promedio de los productores ecuatorianos es hoy de 47 años, y más de tres cuartas partes de la mano de obra agrícola tiene más de 45 años, según la Encuesta Continua de Superficies y Producción Agrícola (ESPAC 2021). Los jóvenes no ven el campo como una opción viable. Lauro explica la razón estructural :

« El trabajo agrícola es duro y muy riesgoso; muchos jóvenes no lo ven como algo viable porque no genera mucho dinero y una helada puede hacer perder todo. Para que eso cambie, se necesita apoyo del Estado: inversión, políticas públicas, créditos y capacitación, pero eso no es fácil. »

Para quienes se quedan, producir no es suficiente. Todavía hay que negociar cada semana un espacio de venta, asumir el costo del transporte y enfrentarse a precios convencionales que no reconocen el trabajo sin insumos químicos. Las barreras también son sistémicas, como en el caso de Liliana Marín, que no puede vender su yogur natural porque los análisis cuestan 1.200 dólares por producto, mientras que el uso de colorantes sintéticos le saldría más barato.

Sin embargo, incluso en estas condiciones, algunos no solo intentan sobrevivir, sino que construyen.

De la semilla al mercado — Lo que construyen los campos

Ante esta triple crisis, un clima que altera las estaciones, un agua amenazada por la minería, comunidades que el éxodo deja sin mano de obra, sería tentador dar por hecho lo inevitable. Pero eso sería pasar por alto lo esencial.

Todo comienza con la semilla. Consciente de la fragilidad de sus 50 variedades de papas nativas frente al cambio climático, Manuel dio un paso decisivo: enviarparte de sus semillas al Banco de Germoplasma y a la Universidad Nacional de Oaxaca (México).

« Las semillas que tengo son las que me han dejado los mayores, y la idea es no perderlas. Mi hija quiere estudiar agronomía y anda conmigo para aprender cómo se conserva la semilla para distintas épocas de siembra. »

En Sayausí, María Cristina Mejía se unió a un grupo de 22 agricultores formado en torno a un banco de semillas comunitario : « Queremos ser firmes, como una piedra, seguir aportando y abrazar a más gente. » Estas iniciativas se inscriben en un movimiento documentado: la primera Casa de Semillas Nativas de Azuay, inaugurada en enero de 2020 por la asociación APA con el apoyo del MAG y la fundación Heifer Ecuador, reúne a cerca de 195 agricultores de 5 cantones y conserva alrededor de 150 variedades nativas. Desde entonces, se han creado numerosos bancos de semillas.

Sobre el terreno, esta lógica de diversidad también se materializa en la agrosilvicultura (o agroforestería, es un sistema de gestión de la tierra que integra árboles, cultivos y/o ganado en la misma unidad productiva para mejorar el rendimiento y la sostenibilidad). Bolívar Zhimal, en Sigsig, ha plantado más de 300 árboles en su parcela, junto con leguminosas, tomates de arból, cereales y forrajes en cultivos asociados. Los compradores acuden directamente a su huerto. Para él, los campos no son un callejón sin salida : « Hoy en día no hay empleo y mucha gente solo quiere puestos de oficina, pero eso es porque no saben que con un poco de capacitación en el ámbito agrícola se puede crear el propio empleo ».

Estas iniciativas siguen siendo frágiles si los productos no encuentran compradores. En Nabón, Leonor Cabrera siembra y transforma sus cosechas en harinas de haba, maíz, amaranto, quinua y chícharos. Estas harinas llegan a Cuenca a manos de Marta Ilescas, una panadera que amasa a mano un pan de cinco cereales que se vende en las ferias locales. La cadena es corta y el valor se queda en la localidad.

Pero construir estos circuitos no es suficiente, también es necesario que el consumidor entienda lo que compra. Victoria aclara :

« A veces la gente dice que el producto está picado porque no fumigamos, pero es normal: es natural. Si se viera sanito, sería porque usamos algún tóxico. »

Este cambio de perspectiva, el producto imperfecto como prueba de calidad, resume toda la batalla cultural que libran estos productores. Concienciar al público urbano sobre estos valores es construir el mercado agroecológico del mañana. Las ferias agroecológicas son espacios que van más allá del mero acto comercial: establecen un vínculo directo entre el productor y el consumidor, y es este vínculo el que da valor económico a lo que se hace en los campos.

Más allá de las parcelas y los puestos, es un horizonte colectivo el que toma forma. Victoria no quiere conformarse con sobrevivir: planifica.
« La idea es producir más y diversificar. Con mis hijas, estamos pensando en poner un criadero de codornices. » Ciclo tras ciclo, sin red de seguridad, « Le voy a dar hasta donde avance », dice.

En Sigsig, el alcalde Holger Duchitanga, que ya lidia con la contaminación minera, ha hecho del apoyo agrícola una prioridad de mandato : dotación de semillas, plantas y abonos a través de una granja municipal, ordenanza presupuestaria dedicada. Es una excepción local que dice algo sobre lo que falta a gran escala.

Finalmente, allí donde las instituciones ensayan el camino, una joven de 18 años ya actuó. Emilia Vera lanzó desde Baños un proyecto de vino artesanal a base de arándano. Su mensaje « Soy una chica de 18 años y les digo que sigan adelante, que emprendan. No tengan miedo y salgan, arriésguense. »

Lo que estas voces dicen juntas es que la agroecología andina no está desapareciendo. Se reinventa, con frecuencia sin apoyo institucional.
La diferencia entre sostenerse y desarrollarse, entre sobrevivir y prosperar, es precisamente lo que las políticas ecuatorianas todavía tienen la posibilidad de influenciar.

¿Cuánto cuesta un tomate?

El cilantro de Blanca volvió a crecer. Pocas semanas después de la granizada de enero de 2026, volvió a sembrar, regó, esperó. Eso es lo que hacen las agricultoras de los Andes ecuatorianos desde generaciones : empiezan de nuevo. Pero la pregunta ya no es si son capaces de hacerlo. La pregunta es ¿ en qué condiciones deberán seguir haciéndolo ?

Lo que revelan las voces del proyecto Voces Verdes no es tanto una crisis agrícola como una crisis de gobernanza. A estos productores agroecológicos no les falta ni el saber hacer, ni la voluntad, ni la visión.
Lo que piden no es asistencia, sino conocimientos técnicos. En casi todas las entrevistas, cinco demandas se repiten con una constancia sorprendente. Una formación técnica agronómica adaptada a las condiciones andinas. Acceso al riego en las parroquias, como en El Valle, donde no existe ningún sistema de captación. Una simplificación de los registros sanitarios que haga accesible la formalización. También, espacios permanentes de comercialización directa garantizados por los municipios. Por último, un apoyo concreto a los jóvenes para que vean el campo como una vía viable, no como un horizonte cerrado. Estas demandas no son abstractas, son precisas y realizables.

Las heladas de Blanca, el río oscuro de Serafín, los 40 miembros que se convirtieron en 11 de Victoria, los 20 dólares de peaje para venir a vender al mercado por caminos destrozados por las minas… Todas estas historias cuentan lo mismo: una agricultura abandonada a su suerte, enfrentada a crisis que se acumulan.

Pero entonces, ¿ cuánto vale realmente un tomate cultivado sin productos químicos, sembrado a mano, transportado a las cinco de la mañana en un autobús que rechaza las cajas voluminosas, vendido en un mercado que el municipio puede cerrar en cualquier momento ? ¿ Cuánto vale el cilantro de Blanca, el agua de Quimsacocha, las 50 variedades de papas de Manuel, o las papayas que Serafín vino a vender después de 7 horas de camino ? Estas preguntas determinarán si la agroecología andina puede pasar de la resistencia al desarrollo, o si seguirá recayendo únicamente sobre los hombros de quienes, como Victoria, deciden cada mañana « dar hasta donde avance ».

© Abril 2026 Alice Deliau.

Agradecimientos y créditos
Alice Deliau – artículo, ilustracións, fotografías y diseño del artículo
Louise Chevalier – apoyo técnico sobre el terreno y maquetación del artículo
Teresita del Pilar Cabrera Salazar, Jessica Mallebay, María Lourdes Astudillo Barros, Victoria Barros Gómez, Oswaldo Zhiminaicela, Pamela Abad, Angelito Quizhpe – coordinación de las entrevistas sobre el terreno.
Holger Duchitanga, Lauro Sigcha, Carmen Luisa Pérez Arévalo, Ruth Pugo, Carmen Moroko, Ziola Buto, Nancy Sagubay, Liliana Marín, Blanca Espanza Saugla, Bolivar Zhimal, Martha Ilescas, Rocío Albajacin, Victoria Cinchi, Carlos y Blanca, Emilia Vera, Manuel Narváez, Serafín Ñamao, Blanca Morocho, Filomena, María Clavijo, Rosana Quichimbo, María Cristina Mejía, Anita Venegas, Celia Illescas, María Elena Quezada – entrevistas.

Bibliografía

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https://www.agricultura.gob.ec/primera-casa-de-semillas-nativas-se-inaugura-en-azuay/

Nota metodológica: Este artículo se basa principalmente en entrevistas de campo realizadas por Alice Deliau entre enero y febrero de 2026 en el marco del proyecto Voces Verdes (Alianza Francesa de Cuenca). Los datos estadísticos y científicos citados proceden de fuentes secundarias verificadas o verificables.